Parroquia de SAN MARCOS
17/03/2019

La Transfiguración Lecturas Espirituales

CONTEMPLATIO

La transfiguración, Cristo, proyecta una luz fascinante sobre nuestra vida cotidiana y nos impulsa a dirigir nuestro espíritu hacia el destino inmortal que aquel acontecimiento encierra.

Sobre la cima del Tabor, tú, Cristo, descubres durante algunos momentos el esplendor de tu divinidad y te manifiestas ·a los testigos escogidos de antemano tal como realmente eres, el Hijo de Dios, “la irradiación de la gloria del Padre y la. imagen de su sustancia”; pero dejas ver también el destino trascendente  de nuestra naturaleza humana que has asumido para salvarnos, destinada también, por haber sido redimida por tu sacrificio de amor irrevocable, a participar de la plenitud de la vida, de la “herencia de los santos en el Reino de la luz”.

Ese cuerpo que se transfigura ante los ojos atónitos de los apóstoles es tu cuerpo, oh Cristo, hermano nuestro, pero es también nuestro cuerpo llamado a la gloria, porque somos “partícipes de la naturaleza divina“. Una dicha incomparable nos espera si hacemos honor a nuestra vida cristiana (Pablo. VI, Discurso para el ángelus, 6 agosto 1978, passim).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

.El Evangelio nos dice que su rostro apareció totalmente transfigurado. Sabes muy bien que el rostro revela el corazón, revela la interioridad de un ser. Con los o¡os de tu corazón contempla ese rostro, pero a través del rostro encuentra el corazón de Cristo. El rostro de Cristo expresa y revela la ternura infinita de su· corazón. Cuando sientes una gran alegría, tu rostro se ilumina y refleja tu felicidad. Es un poco lo que le ha pasado a Jesús en la transfiguración.

Si escrutas el corazón de Cristo en la oración, descubrirás que la vida divina, el fuego de la zarza ardiente, ‘estaba escondido en el fondo del mismo ser de Jesús. Por su encarnación, ha “humanizado” la vida divina para comunicártela sin que te destruya, pues nadie puede ver a Dios sin morir. En la transfiguración, esta vida resplandece con plena claridad de una manera fugaz e irradia el rostro y los vestidos de Jesús. Sobre el rostro de Cristo contemplas la gloria de Dios.

En la transfiguración, todo el peso de la gloria del Señor -es decir, la intensidad de su vida- irradia de Jesús. Las figuras de Moisés y Elías convergen hacia él. No hay que engañarse en esto: el ser mismo de Cristo hace presente al Dios tres veces santo de la zarza ardiente y al Dios íntimo y cercano del Horeb. Sin embargo, hay que aprehender toda la dimensión de la gloria de Jesús, que brilla de una manera misteriosa en su éxodo a Jerusalén, es decir, en su Pasión. En el centro mismo de su muerte gloriosa es donde Jesús libera esta intensidad de vida divina escondida en él.

La contemplación de la transfiguración te hace penetrar en el corazón del misterio trinitario, del cual la nube es el símbolo más brillante. Si aceptas en Jesús el entregar tu vida al Padre,  por amor, participas del beso de amor que el Padre da al Hijo (J. Lafrance, Ora a tu Padre, Madrid 1981, 104-105).

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