Parroquia de SAN MARCOS
03/10/2018

San Francisco de Asís

Francisco, hijo de un rico comerciante de Asís, nació en,1181 (o 1182).Disuadido de sus ideales de gloria caballeresca raíz de las experiencias decisivas de su encuentro con los leprosos y de la oración ante el crucifijo en la Iglesia de San Damián, Francisco abandonó su familia y comenzó una vida evangélica de penitencia. Con los numerososcompañeros que muy pronto se unieron a él, comprendió que estaba llamado a vivir el Evangeliosine glossa,como fraternidad de menores a ejemplo de Jesús y de sus discípulos. Al año siguiente a la aprobación de la Regla y vida de los hermanos menoresen 1223por el papa HonorioIII, Francisco recibió los estigmasdel Crucificado, sello de la conformidad con su únicoSeñor y Maestro. Cuando murió, en 1226, Francisco era un hombre extenuado por la fatiga y por las enfermedades y al mismo tiempo, un hombre reconciliado con. el sufrimiento, consigo mismoy con toda criatura. Fue canonizado en 1228 y es patrono de Italia y de los ecologistas.Somos del Señor, estamos llamados a dejarnos animar por el mismo pálpito de amor por el que él se entregó totalmente a nosotros hasta el fin.

Francisco de Asís respondió a esta llamada: se hizo «pequeño», menor, humilde y pobre, satisfecho sólo con Dios. Descubrió que el Evangelio, vivido sin rebajas, nos hace criaturas nuevas, personas resucitadas, partícipes de la verdadera humanidad del Hijo de Dios y, por consiguiente, auténticos servidores de los hermanos, de todos los hermanos. En Francisco, esta humanidad redimida, forjada por las exigencias y por laternura delamor a Dios y a los demás, se volvió visible en los signos de la crucifixión.Y el mismo Francisco se convirtió en la bendición viva del Padre, puesto que no seapropió de nada, sino que -como menor- todo se lo restituyó, reconociéndole como el Dador de todo bien.

Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión-por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto, lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo así mismo por nosotros.

Francisco oró así:

«Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu

amor arrebate mi mente de todas lascosas que hay bajo el cielo,

para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste

morir por amor a mi amor»

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos.

Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de laspersonas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba.

Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente. En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza – que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya,a pesar de haberlo buscado contanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Diosy se retira delos hermanos para no mostrarsu semblante, que ha perdido la serenidad habitual.

El canto nuevo, por consiguiente, no lefue dado en un momentode paz y consolación, sino en un momento en el que – como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11 ,3) ytodas las seguridades parecen hundidas.

(C. M. Martini – R. Cantalamessa, La cruz como raíz de la perfecta alegría, Verbo Divino,Estella 2002, pp.15-16).

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